Audio de la Facultad
sábado, 22 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
lunes, 20 de enero de 2014
jueves, 16 de enero de 2014
sábado, 9 de noviembre de 2013
La Vergüenza
De www.faktorialila.com:
Me enseñaron la vergüenza.
Me enseñaron a avergonzarme de mi cuerpo, de mis actos, de mis pensamientos.
Me enseñaron que lo que pienso es absurdo, que lo que hago es ridículo, que lo que deseo es sucio.
Y aprendí a no decir lo que pensaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor pensara algo mejor.
Y aprendí a no hacer lo que me apetecía, por vergüenza de que alguien a mi alrededor creyera que era inoportuno.
Y aprendí a no perseguir lo que deseaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor opinara que era inapropiado.
No contenta con someterme a la mirada externa, me plegué también a la vergüenza ajena.
Y aprendí a preguntarle a la vergüenza cómo vestirme, no vaya a ser que alguien pensara que voy buscando gustar, destacar. Y aprendí a escuchar a la vergüenza al desnudarme, no vaya a ser que me sintiera cómoda en mi cuerpo, y me acostumbrara a enseñar(me)lo sin miedo. Y aprendí a consultar con la vergüenza antes de abrir la boca, no vaya a ser que dijera sin filtro lo que me pasa por la cabeza, y se enterara la gente.
Y dejé de bailar, de reír a carcajadas, de rascarme el culo, de preguntar lo que no entiendo, de opinar lo que pienso, de compartir lo que siento, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de ir a la playa, de comer o llorar en la calle, de ir sin sujetador, de pintarme, de salir sin pintar, de bajar a la calle despeinada, de usar esa ropa que dicen que no me pega nada, de llamar a quien echo de menos, de tomar la iniciativa, de decir que no, de decir que sí, de quejarme, de vanagloriarme, de estar orgullosa, de admitir que estoy asustada.
Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza nunca iba a sentirse saciada. Que toda la vida iba a imponerse entre yo y mi representante impostada. Así que busqué a mi sinvergüenza interna. Y le costó salir un poco, le daba vergüenza. Pero acabó sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar...
Y ahora no tengo tiempo para sentir vergüenza. Estoy ocupada viviendo.
Me enseñaron la vergüenza.
Me enseñaron a avergonzarme de mi cuerpo, de mis actos, de mis pensamientos.
Me enseñaron que lo que pienso es absurdo, que lo que hago es ridículo, que lo que deseo es sucio.
Y aprendí a no decir lo que pensaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor pensara algo mejor.
Y aprendí a no hacer lo que me apetecía, por vergüenza de que alguien a mi alrededor creyera que era inoportuno.
Y aprendí a no perseguir lo que deseaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor opinara que era inapropiado.
No contenta con someterme a la mirada externa, me plegué también a la vergüenza ajena.
Y aprendí a preguntarle a la vergüenza cómo vestirme, no vaya a ser que alguien pensara que voy buscando gustar, destacar. Y aprendí a escuchar a la vergüenza al desnudarme, no vaya a ser que me sintiera cómoda en mi cuerpo, y me acostumbrara a enseñar(me)lo sin miedo. Y aprendí a consultar con la vergüenza antes de abrir la boca, no vaya a ser que dijera sin filtro lo que me pasa por la cabeza, y se enterara la gente.
Y dejé de bailar, de reír a carcajadas, de rascarme el culo, de preguntar lo que no entiendo, de opinar lo que pienso, de compartir lo que siento, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de ir a la playa, de comer o llorar en la calle, de ir sin sujetador, de pintarme, de salir sin pintar, de bajar a la calle despeinada, de usar esa ropa que dicen que no me pega nada, de llamar a quien echo de menos, de tomar la iniciativa, de decir que no, de decir que sí, de quejarme, de vanagloriarme, de estar orgullosa, de admitir que estoy asustada.
Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza nunca iba a sentirse saciada. Que toda la vida iba a imponerse entre yo y mi representante impostada. Así que busqué a mi sinvergüenza interna. Y le costó salir un poco, le daba vergüenza. Pero acabó sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar...
Y ahora no tengo tiempo para sentir vergüenza. Estoy ocupada viviendo.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Efemerides del 11 de septiembre
Dir: Ken Loach
Si les gusto este corto esta entre otros 10 cortos mas que componen un compilado de 11 cortos de 11 minutos de 11 directores diferentes. La calidad de los mismos es muy buena. Junto con "Paris, je t'aime" y "To each his cinema" son 3 de los mejores compilados de cortos que a mi gusto existen.
El compilado de los 11 directores se llama: "11'09"01 - September 11", los 11 directores son:
Samira Makhmalbaf,
Claude Lelouch,
Youssef Chahine,
Danis Tanovic,
Idrisa Uedraogo,
Ken Loach,
Alejandro González Iñárritu,
Amos Gitaï,
Mira Nair,
Sean Penn,
Shohei Imamura
viernes, 30 de agosto de 2013
jueves, 29 de agosto de 2013
martes, 23 de julio de 2013
jueves, 11 de julio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
lunes, 27 de mayo de 2013
Extracto sobre los "versos" a las mujeres
Lo saque de facebook.
"“Si se visten así es porque quieren que los hombres les digan cosas”
Es lo mismo a decir que si sales a la calle con tu bicicleta es porque quieres que te la roben. Si tú decides mostrarle a tus amigos tu nuevo celular y alguien pasa y se lo lleva, ¿aceptarías que el ladrón te diga: “es que tú lo sacaste, si tú lo mostraste frente a todos entonces yo tengo el derecho de tomarlo?”
Si este argumento no es aceptable con los objetos, pues mucho menos con las personas. Un objeto en la calle no es propiedad de todos ¿verdad? Pues, las mujeres tampoco lo son.
El cuerpo de las mujeres y el uso que ellas le dan (vestimenta, forma de caminar, etc.), es una decisión que les concierne únicamente a ellas y esto no debe cambiar cuando salen a las calles. Salir a la calle no debe implicar para una mujer tener que oír cosas que no ha pedido oír ni recibir, pues ella no está en la calle para el disfrute o entretenimiento de otros sino para el suyo propio.
“Es nuestra naturaleza, los hombres somos así. No podemos contenernos”
La naturaleza hace que tengamos el cabello crespo o lacio, que tengamos ojos negros o pardos. La naturaleza es eso que no podemos modificar (o no sin que medie una intervención quirúrgica). Nuestras conductas no son por naturaleza. Ellas se aprenden y por lo tanto, puedes esforzarte por desaprenderlas si resultan dañinas para otros. Entonces, puedes elegir molestar o no a una mujer.
Si aun así crees que la presión social es muy fuerte y te sientes obligado ser así, te invitamos a que des un recorrido por nuestros grupos de Facebook y te des cuenta de la cantidad de hombres que le dicen NO AL ACOSO. Te aseguramos que este grupo seguirá creciendo.
Decir que algo es tu naturaleza, o que lo haces por instinto, es un camino fácil pues así no tienes que esforzarte por cambiar. No elijas el camino fácil."
"“Si se visten así es porque quieren que los hombres les digan cosas”
Es lo mismo a decir que si sales a la calle con tu bicicleta es porque quieres que te la roben. Si tú decides mostrarle a tus amigos tu nuevo celular y alguien pasa y se lo lleva, ¿aceptarías que el ladrón te diga: “es que tú lo sacaste, si tú lo mostraste frente a todos entonces yo tengo el derecho de tomarlo?”
Si este argumento no es aceptable con los objetos, pues mucho menos con las personas. Un objeto en la calle no es propiedad de todos ¿verdad? Pues, las mujeres tampoco lo son.
El cuerpo de las mujeres y el uso que ellas le dan (vestimenta, forma de caminar, etc.), es una decisión que les concierne únicamente a ellas y esto no debe cambiar cuando salen a las calles. Salir a la calle no debe implicar para una mujer tener que oír cosas que no ha pedido oír ni recibir, pues ella no está en la calle para el disfrute o entretenimiento de otros sino para el suyo propio.
“Es nuestra naturaleza, los hombres somos así. No podemos contenernos”
La naturaleza hace que tengamos el cabello crespo o lacio, que tengamos ojos negros o pardos. La naturaleza es eso que no podemos modificar (o no sin que medie una intervención quirúrgica). Nuestras conductas no son por naturaleza. Ellas se aprenden y por lo tanto, puedes esforzarte por desaprenderlas si resultan dañinas para otros. Entonces, puedes elegir molestar o no a una mujer.
Si aun así crees que la presión social es muy fuerte y te sientes obligado ser así, te invitamos a que des un recorrido por nuestros grupos de Facebook y te des cuenta de la cantidad de hombres que le dicen NO AL ACOSO. Te aseguramos que este grupo seguirá creciendo.
Decir que algo es tu naturaleza, o que lo haces por instinto, es un camino fácil pues así no tienes que esforzarte por cambiar. No elijas el camino fácil."
domingo, 26 de mayo de 2013
Los garrones de la cultura - Alejandro Dolina
Dedicado a todos los estudiantes, pero sobre todo este texto de Dolina me lo dedico a mi mismo.
"Los cirujanos, los sacamuelas, los locutores, los periodistas y los actores de teatro -que son, como se sabe, los espíritus rectores de la opinión filosófica- han dicho miles de veces que la característica más notable de nuestro tiempo es la velocidad.
Algunas personas sensibles suelen quejarse amargamente de este hecho, afirmando que nuestros galopes existenciales levantan demasiada polvareda.
No les falta razón a estos sofocados pensadores, deseosos de resuello. Pero hay que decir en defensa de la velocidad, que hay ocasiones en que no causa daño ninguno y hasta ayuda a hacer la vida un poco mejor. Por ejemplo, no es malo que el subterráneo tarde 20 minutos entre Chacarita y Leandro Alem, en vez de dos horas.
Tampoco es malo reducir las tardanzas de un avión que va a París. Y es mejor curarse alguna peste en dos días que en un año.
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.
Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces.
En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.
Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero.
Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: haga el bachillerato en seis meses, vuélvase perito mercantil en tres semanas, avívese de golpe en cinco días, alcance el doctorado en diez minutos.
Muchas veces me he imaginado estos cursos bajo la forma de una película filmada a cámara rápida, con alumnos atropellándose en los pasillos, permisos para ir al baño denegados y capítulos de la historia groseramente mutilados.
Capítulo seis: los fenicios. Los fenicios eran un pueblo de mercaderes, etcétera. Capítulo siete: Grecia. Los griegos inventaron la tragedia, las cariátides, etcétera. Capítulo veinte: La Edad Contemporánea. La Edad Contemporánea comienza con la Revolución Francesa y todavía sigue, etcétera.
Calculo que el asunto no será tan grave. Supongo que se tratará de conseguir la máxima concentración mental por parte del alumno. Supongo también que no se perderá tiempo en tonterías. De todos modos, no sé si esto es suficiente para reducir el tiempo de un aprendizaje a la quinta parte. Quizá se supriman algunos detalles. ¿Qué detalles?
Desconfío.
Yo he pasado siete años de mi vida en la escuela primaria, cinco en el colegio secundario y cuatro en la universidad.
Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas, puedo decir que para aprender las pocas destrezas que domino tuve que usar intensamente la pensadora. Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número.
Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las señoritas livianas, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que nos ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando ‘Desde el Alma’ sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa. Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente. Gane mucho vento sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable. No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera.
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuánto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. ‘Nunca termina uno de aprender’ reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan
Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato. Y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante.
El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari.
Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. Olvide hoy, pague mañana. Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los sistemas para enseñar lo que es bueno, a respetar, quién es uno, etcétera. Todos estos cursos comienzan con la frase ‘Yo te voy a enseñar’ y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia
Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego.
Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba. Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Frecuento a centenares de personas bondadosas, sensibles y llenas de virtud que desconocen minuciosamente el teorema de Pitágoras. Después de todo, es preferible ser ignorante a ser estúpido. Más aún cuando la estupidez es el producto de una mala educación. Oscar Wilde vio mejor que nadie este asunto de la estupidez ilustrada. ‘Hay hombres llenos de opiniones que son absolutamente incapaces de comprender una sola de ellas’. Tenía razón el irlandés.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
Aprenda a tocar la flauta en cien años.
Aprenda a vivir durante toda la vida.
Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje."
"Los cirujanos, los sacamuelas, los locutores, los periodistas y los actores de teatro -que son, como se sabe, los espíritus rectores de la opinión filosófica- han dicho miles de veces que la característica más notable de nuestro tiempo es la velocidad.
Algunas personas sensibles suelen quejarse amargamente de este hecho, afirmando que nuestros galopes existenciales levantan demasiada polvareda.
No les falta razón a estos sofocados pensadores, deseosos de resuello. Pero hay que decir en defensa de la velocidad, que hay ocasiones en que no causa daño ninguno y hasta ayuda a hacer la vida un poco mejor. Por ejemplo, no es malo que el subterráneo tarde 20 minutos entre Chacarita y Leandro Alem, en vez de dos horas.
Tampoco es malo reducir las tardanzas de un avión que va a París. Y es mejor curarse alguna peste en dos días que en un año.
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.
Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces.
En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.
Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero.
Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: haga el bachillerato en seis meses, vuélvase perito mercantil en tres semanas, avívese de golpe en cinco días, alcance el doctorado en diez minutos.
Muchas veces me he imaginado estos cursos bajo la forma de una película filmada a cámara rápida, con alumnos atropellándose en los pasillos, permisos para ir al baño denegados y capítulos de la historia groseramente mutilados.
Capítulo seis: los fenicios. Los fenicios eran un pueblo de mercaderes, etcétera. Capítulo siete: Grecia. Los griegos inventaron la tragedia, las cariátides, etcétera. Capítulo veinte: La Edad Contemporánea. La Edad Contemporánea comienza con la Revolución Francesa y todavía sigue, etcétera.
Calculo que el asunto no será tan grave. Supongo que se tratará de conseguir la máxima concentración mental por parte del alumno. Supongo también que no se perderá tiempo en tonterías. De todos modos, no sé si esto es suficiente para reducir el tiempo de un aprendizaje a la quinta parte. Quizá se supriman algunos detalles. ¿Qué detalles?
Desconfío.
Yo he pasado siete años de mi vida en la escuela primaria, cinco en el colegio secundario y cuatro en la universidad.
Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas, puedo decir que para aprender las pocas destrezas que domino tuve que usar intensamente la pensadora. Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número.
Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las señoritas livianas, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que nos ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros.
Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando ‘Desde el Alma’ sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro.
Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa. Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente. Gane mucho vento sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable. No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera.
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuánto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. ‘Nunca termina uno de aprender’ reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan
Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato. Y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante.
El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari.
Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. Olvide hoy, pague mañana. Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los sistemas para enseñar lo que es bueno, a respetar, quién es uno, etcétera. Todos estos cursos comienzan con la frase ‘Yo te voy a enseñar’ y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia
Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego.
Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba. Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida. De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Frecuento a centenares de personas bondadosas, sensibles y llenas de virtud que desconocen minuciosamente el teorema de Pitágoras. Después de todo, es preferible ser ignorante a ser estúpido. Más aún cuando la estupidez es el producto de una mala educación. Oscar Wilde vio mejor que nadie este asunto de la estupidez ilustrada. ‘Hay hombres llenos de opiniones que son absolutamente incapaces de comprender una sola de ellas’. Tenía razón el irlandés.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
Aprenda a tocar la flauta en cien años.
Aprenda a vivir durante toda la vida.
Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje."
domingo, 19 de mayo de 2013
LUMINARIS, de Juan Pablo Zaramella
"El multipremiado 'Luminaris' es un corto animado en la técnica llamada pixilación, que consiste en la animación en stop motion de actores de carne y hueso, interactuando con objetos animados
jueves, 9 de mayo de 2013
Alegoria de los espejos (Medios de comunicacion)
Con los medios de comunicación hay que tener un poco de sana desconfianza, es lo mismo que sucede con los espejos.
Uno crece en la inteligencia de que los espejos devuelven fielmente la imagen de quien se les pone adelante. Y es una convicción muy fuerte. Hasta que por ahí, alguien, alguna mano malvada empieza a fabricar espejos que deforman. Espejos que no devuelven la verdad, sino la mentira.
Y entonces me levanto la mañana, me voy a afeitar y uno que se sabe morocho, ve en el espejo una persona rubia distinta a la que es uno. Y así y todo se le tiene tanta confianza a los espejos que incluso prevalece esa confianza por encima de la realidad.
Y uno que ha vivido una morocha vida durante tantos años, entre amigos morochos y de familia morocha se ve rubio en el espejo y empieza a asumir rubias conductas. Porque desde chico nos han dicho que el espejo no miente.
Yo creo que ha llegado el momento de desconfiar del espejo (!).
Y de pensar que a lo mejor, los fabricantes de espejos tienen intereses inconfesables que nosotros no conocemos. Intereses entres los cuales figura que nosotros nos creamos rubios y pensemos como rubios, siendo que somos morochos.
Sería mejor, entonces, más que mirar el espejo; preguntarle al de al lado, al que también es morocho y que vive como nosotros a ver como nos ve, que le pasa, que siente. Y mirar entonces mas la realidad y menos el espejo de la realidad.
Porque a veces ese espejo está tendenciosamente modificado y es definitivamente fraudulento.
Alejandro Dolina
domingo, 5 de mayo de 2013
Corto de Mayo: "Lifeline" (Alumbramiento)
Dir: Victor Erice
Este corto forma parte de la obra colectiva "Ten Minutes Older: the Trumpet" (2002), en la que participan Kaige Chen, Víctor Erice, Werner Herzog, Jim Jarmush, Aki Kaurismäki, Spike Lee y Wim Wenders. Hay una segunda entrega, titulada "Ten Minutes Older: the Cello", del mismo año.
domingo, 21 de abril de 2013
Recomendacion de Abril - "Do the Rigth Thing"
¿Cansado de ver películas tontas, de predecir y acertar los finales, de películas que no te hagan pensar, donde el bien y el mal sean dos personajes bien definidos?
Bueno, tengo una película para vos, se llama "Do the Rigth Thing" del Director, guionista y actor Spike Lee. Una película creada para dejar al espectador con mas preguntas que respuestas y escapándose de los personajes típicos. Una película sin desperdicio.
Titulo original: Do the Rigth Thing
Dir: Spike Lee
Guion: Spike Lee
Actor: Spike Lee
Año: 1989
Pais: EEUU
Duracion 120 minutos
Filmografia:
Malcom X
El plan perfecto
Entre otras
Bueno, tengo una película para vos, se llama "Do the Rigth Thing" del Director, guionista y actor Spike Lee. Una película creada para dejar al espectador con mas preguntas que respuestas y escapándose de los personajes típicos. Una película sin desperdicio.
Titulo original: Do the Rigth Thing
Dir: Spike Lee
Guion: Spike Lee
Actor: Spike Lee
Año: 1989
Pais: EEUU
Duracion 120 minutos
Filmografia:
Malcom X
El plan perfecto
Entre otras
jueves, 18 de abril de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
La inundacion por "El pibe trosko"
De la tragedia a la culpa y de la culpa a la solidaridad.
Es un gesto hermoso, no te lo voy a negar. Que dones la bufanda que te tejió tu abuela hace 10 años porque ya no la usás más, es un gesto hermoso. No te lo voy a negar. En esta semana que pasó hubo un valor que se destacó por sobre los demás: la solidaridad.
A saber: Un temporal sin precedentes arrasó con la Ciudad de La Plata y con algunos barrios de la Capital Federal y el Conurbano. Un licuado de falta de previsión, obras inconclusas y una tormenta incontrolable. Algunas cosas pudieron haberse evitado, otras no. Llegada la tragedia, apareció la culpa. Yo, desde mi living en un 9no piso, siento una profunda pena por aquellos que lo perdieron todo. Puta madre, cuánta pena siento. Pena y culpa, porque nunca hice nada para que esos pibes no sufran lo que están sufriendo. Pero, oh dios mío, ¿qué puedo hacer para que esta culpa deje de atormentarme? Ma’ si, yo dono el buzo horrible que me regaló mi mamá cuando cumplí 15. Seguro que alguien lo va a necesitar. Qué buen tipo que soy, si hasta doné un buzo de marca. De a poco se me va la culpa. Es una maravilla sentirse así. Fijate cómo cambiarán las cosas, que hace una semana los pobres eran inmundos piqueteros y ladrones y hoy son personas a las que debo ayudar ¿Cuánto falta para que volvamos a criminalizarlos? Qué cosa ser pobre, hasta que no tenés 2 metros de agua en tu casa no te ayuda nadie. Pero bueno, llegaron los 2 metros de agua, así que voy a donar ese par de zapatillas que no pude usar nunca porque no logro combinarlas. ¿Sirve donar? Sí, sirve. ¿Alcanza? No, no alcanza.
Puede que ir una vez por año al Garraham a donar un muñeco para navidad te ayude a sentirte mejor persona, pero nada cambiará realmente. Igual, ojo, elogio tu gesto de entregar esos peluches que usaba tu hija cuando nació, sin esperar nada a cambio.
La verdadera transformación, pequeño saltamontes, llegará de la mano de la política. O no llegará. Y aquí es dónde nos vamos a pelear todos. Porque cuando aparece una bandera política, la solidaridad hermosa deja de ser impoluta y pasa a ser interesada, clientelar, corrupta. Las ONG son lindas, los partidos políticos son feos. ¿A quién le podrá interesar instalar ese discurso? Puta madre, no se me ocurre. Pienso y pienso y no logro dilucidar quiénes son los que están detrás del discurso que sostiene que la política es fea, sucia, ladrona. Muchos pibes ayudaron esta semana. Algunos sin banderas políticas, otros con. Algunos bajo el ala de una ONG, otros bajo el ala del Partido Socialista, el Frente Para la Victoria o la UCR (Para los más chicos que quizás no sepan, la UCR es un partido político muy antiguo, con gran tradición. En fin, otro día les cuento). La cuestión es que los pibes que se acercaron con ropa a la Catedral, probablemente la semana que viene o la otra se hayan olvidado de lo sucedido. Y los militantes, que seguirán siendo demonizados, van a continuar trabajando. Sin aparecer en los medios, es verdad, hasta que suceda una nueva tragedia que conduzca a los culposos a donar cosas, para que la tele los muestre como héroes, mientras que los militantes serán ladrones.
Esto, siempre será así. Porque la política es sucia y la participación desinteresada es bella. Y aunque Juan Carr merezca todo mi respeto, no serán las ONG las que transformen a la sociedad, sino la política.
Igual, que dones la bufanda que te tejió tu abuela es un gesto hermoso, no te lo voy a negar.
Escrito por: "El pibe trosko" en facebook https://www.facebook.com/Pibetrosko
Es un gesto hermoso, no te lo voy a negar. Que dones la bufanda que te tejió tu abuela hace 10 años porque ya no la usás más, es un gesto hermoso. No te lo voy a negar. En esta semana que pasó hubo un valor que se destacó por sobre los demás: la solidaridad.
A saber: Un temporal sin precedentes arrasó con la Ciudad de La Plata y con algunos barrios de la Capital Federal y el Conurbano. Un licuado de falta de previsión, obras inconclusas y una tormenta incontrolable. Algunas cosas pudieron haberse evitado, otras no. Llegada la tragedia, apareció la culpa. Yo, desde mi living en un 9no piso, siento una profunda pena por aquellos que lo perdieron todo. Puta madre, cuánta pena siento. Pena y culpa, porque nunca hice nada para que esos pibes no sufran lo que están sufriendo. Pero, oh dios mío, ¿qué puedo hacer para que esta culpa deje de atormentarme? Ma’ si, yo dono el buzo horrible que me regaló mi mamá cuando cumplí 15. Seguro que alguien lo va a necesitar. Qué buen tipo que soy, si hasta doné un buzo de marca. De a poco se me va la culpa. Es una maravilla sentirse así. Fijate cómo cambiarán las cosas, que hace una semana los pobres eran inmundos piqueteros y ladrones y hoy son personas a las que debo ayudar ¿Cuánto falta para que volvamos a criminalizarlos? Qué cosa ser pobre, hasta que no tenés 2 metros de agua en tu casa no te ayuda nadie. Pero bueno, llegaron los 2 metros de agua, así que voy a donar ese par de zapatillas que no pude usar nunca porque no logro combinarlas. ¿Sirve donar? Sí, sirve. ¿Alcanza? No, no alcanza.
Puede que ir una vez por año al Garraham a donar un muñeco para navidad te ayude a sentirte mejor persona, pero nada cambiará realmente. Igual, ojo, elogio tu gesto de entregar esos peluches que usaba tu hija cuando nació, sin esperar nada a cambio.
La verdadera transformación, pequeño saltamontes, llegará de la mano de la política. O no llegará. Y aquí es dónde nos vamos a pelear todos. Porque cuando aparece una bandera política, la solidaridad hermosa deja de ser impoluta y pasa a ser interesada, clientelar, corrupta. Las ONG son lindas, los partidos políticos son feos. ¿A quién le podrá interesar instalar ese discurso? Puta madre, no se me ocurre. Pienso y pienso y no logro dilucidar quiénes son los que están detrás del discurso que sostiene que la política es fea, sucia, ladrona. Muchos pibes ayudaron esta semana. Algunos sin banderas políticas, otros con. Algunos bajo el ala de una ONG, otros bajo el ala del Partido Socialista, el Frente Para la Victoria o la UCR (Para los más chicos que quizás no sepan, la UCR es un partido político muy antiguo, con gran tradición. En fin, otro día les cuento). La cuestión es que los pibes que se acercaron con ropa a la Catedral, probablemente la semana que viene o la otra se hayan olvidado de lo sucedido. Y los militantes, que seguirán siendo demonizados, van a continuar trabajando. Sin aparecer en los medios, es verdad, hasta que suceda una nueva tragedia que conduzca a los culposos a donar cosas, para que la tele los muestre como héroes, mientras que los militantes serán ladrones.
Esto, siempre será así. Porque la política es sucia y la participación desinteresada es bella. Y aunque Juan Carr merezca todo mi respeto, no serán las ONG las que transformen a la sociedad, sino la política.
Igual, que dones la bufanda que te tejió tu abuela es un gesto hermoso, no te lo voy a negar.
Escrito por: "El pibe trosko" en facebook https://www.facebook.com/Pibetrosko
sábado, 6 de abril de 2013
DOCUMENTAL "Punto y coma, si se escondió te embroma" reflexionamos en la escuela sobre violencia de genero
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

